El arte barroco en la obra de Rembrant Van Ryn
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El arte barroco en la obra de Rembrant Van Ryn

El arte barroco está matizado a lo largo del siglo XVII por diversos factores en el ámbito económico, político, social e histórico, en medio de una época de crisis que llevara a los países europeos a buscar sus propias soluciones entre alianzas y cambios, de acuerdo a los intereses que los mueven. El barroco abarcará desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XVIII y tendrá características sumamente peculiares en cada país europeo.

La Iglesia Católica jugó un importante papel en la sucesión de hechos históricos que se producen y que cambian la política trazada hasta entonces por dicha institución. 

La oposición a los dogmas de la iglesia por Martín Lutero, su traducción de la Biblia y el uso de ella en función de enfrentar al cristianismo feudalizado de la época alertaron a la Iglesia sobre el peligro inminente que constituía la  propagación de ideas reformistas y programó de inmediato una ofensiva a gran escala llamada Contrarreforma.

Una de las líneas esenciales de la Contrarreforma estaba dirigida a impresionar y deslumbrar a las personas mediante las imágenes para sumar nuevos fieles al catolicismo. En esta época el interior de la iglesia impacta por el brillo reluciente de oro y plata y por una arquitectura majestuosa llena de movimiento.

La Contrarreforma influyó directamente en el arte barroco, arte que en la plástica se expresa en la acumulación de formas, abundancia de decoración, superposición de elementos decorativos curvos que muestran suntuosidad y brillantez. También se observó en la música, la arquitectura, la escultura, entre otras manifestaciones del arte.

Cuando se piensa en cualquiera de las variantes del barroco acude a la mente lo brillante, lo teatral, la unidad de las artes. Por ello, en esa época era símbolo de grandeza, poder, riqueza de las monarquías, estados, Iglesia Católica y de la burguesía.

Los efectos de claroscuro, lo pintoresco, la inspiración de las formas en el movimiento de la naturaleza, el interés en la profundidad como ilusión óptica que amplía el espacio, el rompimiento con lo estático, entre otras muchas son características de este arte, que si bien no se manifiesta por igual en todos los países de Europa, sí impregna un sello distintivo respecto a otras épocas del arte como por ejemplo el Renacimiento.

Italia, precursora del estilo barroco tuvo a Roma como centro difundidor. Se destacan las pinturas boloñesas de finales de siglo XVII; entre los pintores fundadores de academia en Bolonia están los hermanos Caracci; de igual renombre, pero de opuesta opinión académica y método está Miguel Ángel Meresi nombrado Caravaggio. Su mérito fue demostrar el efecto prodigioso de los contrastes de luz y sombras, que delinearían nuevos caminos en el decursar de este arte.

En España los lauros se le atribuyen a la pintura y la escultura por el enlentecimiento de la arquitectura en su evolución. Las ideas de la Contrarreforma y de la monarquía absoluta están latentes en la pintura del siglo XVII y Francisco de Zurbarán, Bartolomé Esteban Murillo y José Rivera serán quienes la representen.

Otro pintor exponente de este arte fue Diego Velázquez, sevillano de procedencia; su pintura trasciende para estilos posteriores en su época. Maestro en realzar objetos y figuras mediante pinceladas sueltas, para darles vida y transformación.

En Francia se distinguen en la pintura dos preferencias: en unos la inspiración por temas de la antigüedad y, en otros, la influencia de la pintura de Caravaggio. Como prototipos de ambas están Nicolás Poussin, Charles Le Brun, Georges de la Tour, Le Nain.

En Holanda y Flandes, en esencia durante el siglo las pinturas muestran una representación burguesa. Se refleja en ellas la vida diaria real, las costumbres, retratos, paisajes, etc.

Por ejemplo Jan Vermeer de Delft, quien en su obra logró absorber en detalle actos de la vida cotidiana en personajes pueblerinos; Franz Hals, retratista que trasmite en su obra sencillez y optimismo por la vida e imprime un sello de alegría y frescura en los rostros de sus modelos.

Pedro Pablo Rubens, gran maestro del arte barroco. Entre sus obras “La educación de María de Médecis” dedicada a la reina de Francia, viuda de Enrique IV y madre de Luis XIII refleja el movimiento, la dinámica y la existencia de un ambiente sobrenatural.

Rembrandt Van Ryn (1606-1669), artista holandés considerado uno de los genios de la pintura barroca, cultivó fundamentalmente el retrato que prevalece entre los años 1630 a 1645. En algunas de sus obras se aprecian violentos contrastes de luces y sombras. Fue un maestro en el uso de la técnica aguafuerte, que propiciaba agilidad al dibujar.

A menudo reflejó temas de carácter religioso, pero lo que realmente le interesaba plasmar en sus obras eran las emociones del ser humano, como por ejemplo sentimientos de amor y muerte, de alegría y tristeza, entre otras impresiones. 

La pintura que le comentamos, “Regreso del hijo pródigo”, ha sido tal vez la última obra de Rembrandt. El cuadro, de grandes proporciones, mide 262 cm de alto y 205 cm de ancho; está elaborado en óleo sobre tela y se estima que fue pintado en el año 1662. Actualmente, se exhibe en el Museo del Hermitage de San Petersburgo.

El arte barroco en la obra de Rembrant Van Ryn

Se dice que en 1766 fue adquirido por la Zarina Catalina la Grande e instalado en su residencia situada en los Zares, San Petersburgo, capital de la Rusia Zarista en lo que hoy es el Museo del Herrmitage

El tema emana de la Biblia, de la parábola del hijo pródigo, y narra la historia de un padre y sus dos hijos. Uno de ellos pide al padre le entregue parte de la herencia que le corresponde, mientras el otro se queda al lado del padre ayudándolo. El primero malgasta su fortuna y sufre inmensamente, por lo que, arrepentido, regresa al hogar paterno y se reencuentra con el padre quien lo recibe con gran regocijo y alegría.

Echando una mirada introspectiva puede inferirse que la representación para nada va dirigida a edificar comportamiento, más allá de aleccionar, se centra la atención en el gozo que recibe el padre con el retorno del hijo a casa, en el abrazo curativo de ambos poniendo en primer plano el amor filial y no el enjuiciamiento y crítica ante el yerro del hijo.

 Se dice que el empleo en ciertos lugares de rayas que llegan a oscurecerse en oposición a otras llenas de claridad actúa como efecto de la tensión latente que sentían ambos en el encuentro. Destaca la luz, centrada en el abrazo entre los protagonistas, luz que emana del anciano y vuelve hacia él.

 Hay contraste en el juego que se hace con los colores y calidad de los vestidos de los personajes; el padre aparece con una túnica roja impecable como si fuese un arco gótico, muy protectora, similar a la vestimenta de su otro hijo, el que se quedó; ambos tienen un gran parecido no solo en el atuendo sino también en la barba que llevan; mientras que el hijo que regresa se presenta con un traje dorado descolorido, quebrado, lo cual trasmite las penurias vividas, solo la espada pequeña que cuelga de su cadera da idea de su origen noble.

Otro elemento que llama la atención es la diferencia de actitudes en las expresiones de los personajes centrales ante el regreso: la rigidez e inmovilismo del hijo mayor se acentúan por el largo bastón que lleva en donde las manos permanecen cerradas sobre sí mismas, sin acercarse, él se mantiene en la oscuridad creando un espacio central vacío creador de tensión. La dureza de la expresión evidencia su queja, no refleja alegría por el regreso de su hermano.

 Se interesa el artista por el empleo del aguafuerte a la hora de reflejar el encuentro del padre y del hijo que implorante y arrepentido se arrodilla ante su progenitor. El padre aparece inclinado en señal de perdón y cariño hacia su hijo.  Unos espectadores asombrados contemplan la escena aunque la atención principal recae en los personajes centrales. El lienzo muestra un perdón desmedido como si fuese una prueba de que el hijo infiel pueda seguir siendo heredero sucesor del padre.

Muchas han sido las interpretaciones que a su paso ha dejado esta pintura llena de simbolismos: El cabello rapado del joven y de rodillas como señal de arrepentimiento, la delicadeza de la mano derecha diferente de la izquierda que firme se apoya en el hombro del hijo, las expresiones de los rostros de los personajes centrales, las miradas de padre e hijos totalmente en correspondencia con los sentimientos que experimentan, la fuerza del abrazo sanador y perdonador del padre lleno de intimidad y gozo, en fin, imposible abarcar la afluencia de impresiones que al paso del tiempo ha dejado este cuadro en generaciones pasadas y presentes.

Queda en pie la invitación para que veas la pintura y hagas tus propias impresiones porque siempre perdonar con amor será la opción correcta. Quizá todos necesitamos un día dar ese abrazo sanativo a la familia, a los amigos, a la fe y a nosotros mismos.  

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